Desaprendiendo econometría: La Inflación

Adelantábamos hace unas semanas el primero de los problemas irresolubles de la Econometría. Sencillamente, la Econometría se ve obligada a ignorar la propia la Realidad económica que aspira a explicar, porque por mucho que el economómetra lo intente, la Economía no se puede medir correctamente. En el mejor de los casos, el económetra realiza mediciones aproximadas con las que intenta acercarse a una realidad mucho más compleja que de ningún modo puede verse reflejada en un número. Por la misma razón por la que esta práctica cuantitativa es defectuosa en relación a la medición del Desempleo, también lo es en cuanto a la Inflación.

Cojamos como ejemplo Venezuela, que ciertamente está sufriendo lo que no está escrito. La semana pasada, uno de estos especialistas en mediciones económicas nos afirmó que el país sudamericano está a punto de registrar la mayor inflación de su historia. Y te proporciona cifras. Exactas. 755,77%. No dirán que no parece científico.

Aunque sólo sea porque estamos ante una estimación, al no haber data oficial (y aunque la hubiese, nada garantiza que no estuviese manipulada), la cifra ya es irrelevante. En todo caso, y esto es lo realmente importante, los índices de inflación son de por sí inútiles. Por mucha información que recolectes, no te informan de apenas nada.

Vayamos por partes.

Para empezar, el propio concepto de Inflación que se utiliza ya no es correcto. Originalmente,  la inflación se definía como un “aumento de la moneda de un país, especialmente por la emisión de papel moneda no redimible en especie” (American College Dictionary).

Siguiendo esta definición, el asunto se acabaría contando el número de billetes, monedas, depósitos a la vista etc. en un momento del tiempo, y comparándolo con otro. Eso sería la inflación correctamente entendida.

Sin embargo, el término ha llegado a ser utilizado en un sentido radicalmente diferente: “un aumento sustancial de los precios causada por una expansión indebida del papel moneda o del crédito bancario” (también, American College Dictionary)

Obviamente, aquí ya hay un problema. No es lo mismo la expansión de la oferta monetaria que un aumento de los precios a causa de ella. Lo primero es causa, y lo otro, si acaso, una consecuencia. De todas formas, para este post podemos aceptar sin problema que la segunda definición es correcta.

Así pues, todo se reduciría a medir la variación de los precios. ¿Sencillo, verdad? Pues no, no lo es. Es imposible.

Para empezar, habría que decidir qué bienes y servicios tendríamos que tener en cuenta. Y como en cualquier Economía moderna hay literalmente miles de precios, el económetra, lo primero que hace, es descartar la mayoría.

Su lógica estadística le dice que se pueden construir una  o varias “personas promedio” que gastan de forma representativa lo que el resto de la población y, en consecuencia, crea una cesta de productos restringida, representativa de esas “personas promedio”. Sí, una cesta representativa de varias decenas de millones de personas (?). Como lo oyen.

Pero esto aún no ha acabado. En aras de mayor “exactitud”, tiene que ponderar los productos de esta cesta imaginaria en función del gasto que estas personas promedios realizarían: al fin y al cabo, no todo el día compramos un coche, pero todos los días compramos pan. Evidentemente, esta ponderación también se hace como buenamente considera oportuno el investigador (estudios de consumo y demás), porque en realidad es imposible acertar.

Y para cerrar el despropósito, en España la cesta se tiene que armonizar a nivel europeo. Esto es, se adapta un poco para poder comparar esta cesta del español “promedio” con la del belga o el noruego “promedio”.

Con todo lo expuesto hasta ahora, ya debería poder entenderse que el IPC no sirve para prácticamente nada. Pero aún hay más dificultades. De hecho, lo peor está por llegar.

Supongamos una cesta imaginaria de Christian, un venezolano. Su cesta está formada por sólo dos productos: manzanas y peras.

Hoy, una manzana le cuesta 2 pesos y una pera 1 peso. Eso es todo lo que compra Christian. Una manzana y una pera. Mañana, la manzana le cuesta 3 pesos y la pera 0,5.

Según el índice, la inflación ha subido un 16,6%, cuando, en realidad, el poder adquisitivo del dinero ha bajado un 50% en relación a las manzanas, y ha subido un 50% en relación a las peras.

La inflación (así entendida) sólo tiene sentido medirla en relación a cada uno de los precios de los bienes que demanda el consumidor. Un índice promedio, por definición, no puede reflejar los movimientos de la estructura de precios. Incluso en una cesta formada sólo por dos productos, poco le importa a Christian ese 16,6%, porque que un índice de precios suba o baje no explica qué precios lo hacen.

Es más, las causas quedan completamente sin explicar. Un precio puede fluctuar por varias razones. Por ejemplo, para empezar un precio puede aumentar por un aumento de la oferta monetaria, la verdadera inflación. Además ¿cuánto de la subida de los precios de las manzanas se debió a un aumento en la demanda de manzanas y cuánto a una caída en la oferta de manzanas?

No se puede medir cada una de estas causas. Tan sólo sabemos el resultado final. Podría ser que Christian cambie sus hábitos de consumo y ahora valorase más las peras. De este modo, escaparía al aumento del precio de la manzanas.

Definitivamente, como las utilidades que le atribuye Christian a los bienes en la cesta, así como las proporciones de la cesta, están siempre cambiando, se elimina completamente cualquier posibilidad de una constante significativa con la que se pueda medir dicho cambio.

Recapitulando y volviendo a la Venezuela actual, que miles de precios puedan subir de manera sistemática es muy distinto a afirmar que podemos medir correctamente ese cambio. Y mucho menos poder cuantificar concretamente cada causa que lo generó.

La causa última, eso sí, es Hugo Chávez Frías. El daño, nunca mejor dicho, incalculable.

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