Y Chávez prohibió las armas

Era 2012. La penúltima esperanza del Socialismo seguía siendo Venezuela. Toneladas de petróleo a precios por las nubes aún servían de oscuro maquillaje internacional para el régimen instaurado por ese paleto militar, corrupto, narcotraficante y multimillonario criminal de nombre Hugo Chávez Frías.

No obstante, de puertas para dentro, el país (cómo no) iba en picado. El Socialismo del siglo XXI agredía la propiedad burguesa como si el del XIX se tratase (exprópiese!), y en consecuencia, la delincuencia estaba disparada.

Cierto es que ya en 1999, año en el que Hugo Chávez llegó al poder, la cifra oficial era de 19 homicidios por cada 100.000 personas. Y eso, para los estándares de la Organización Mundial de la Salud, ya se trataba de una sociedad que vivía una “epidemia de violencia”. 13 años después, los homicidios alcanzaban ya los 60 por cada 100.000.

Y entonces, en nombre (¿lo adivinan?) de la Paz, el hombre quiso culminar su plan para desarmar a la población que años llevaba implementando. Iba a ser la enésima lección de la Historia, advirtiéndonos de que nunca regalásemos nuestras armas al Gobierno. Ups. La Historia gritaba desesperada que una sociedad desarmada siempre sufre más que una armada, pero como siempre, ni puto caso se le iba a hacer.

Esto es lo que la Historia nos contaba.

En cualquier debate serio que se precie, existe una ley no escrita que dice que si se menciona a Adolf Hitler, el debate está caducado. Ya sea porque el debate se ha desviado del tema original, o debido a que una de las partes se haya quedado sin argumentos, recurrir al dictador nazi conlleva el fin de la discusión. Sin embargo, no me van a negar el gran interés que en este caso supone comenzar conociendo la visión del Führer al respecto de este tema.

Aunque en Alemania las primeras regulaciones anti-armas no nacieron con el Tercer Reich (ya se habían implementado durante el previo y convulso período de entreguerras), fue el jerarca nazi quien supo ver el indudable potencial de estas leyes. En 1933, un Hitler recién nombrado Canciller había iniciado su implacable destrucción de la democracia alemana mediante la famosa Ley Habilitante, con la cual el Partido Nazi consigue poderes esencialmente dictatoriales, aunque siempre bajo esa apariencia de democracia tan común en las mejores dictaduras. 

Para lo que nos concierne aquí, Hitler recurriría a una burda pero harta frecuente estrategia, aplicada allá donde un régimen represivo aspira a instaurarse: acusando como “enemigo del Estado” a todo aquel que considere una amenaza, Hitler utilizaría un antiguo censo para confiscar las armas registradas de la población. Quizás ya sin ocultar sus oscuras intenciones, exclamaría:

Este año marcará un hito en la historia. Por primera vez una nación civilizada tiene un completo registro de las armas. Nuestras calles serán seguras, nuestra policía más eficiente y el mundo seguirá nuestro liderazgo en el futuro.

Muy probablemente, el avispado lector ya ha considerado la posibilidad de que Hitler no fuese el primer dictador en desarmar a su pueblo de forma premeditada. Al fin y al cabo, no es necesario ser un visionario para comprender que si ostentas el absoluto monopolio de la violencia, cualquier delirio de grandeza se torna mucho más factible. En el desgraciado caso judío, no sería incoherente preguntarnos qué podría haber pasado si los alemanes, entre ellos los judíos,  hubieran rechazado registrar sus armas de fuego.

Pero como iba diciendo. Efectivamente, Adolf Hitler no había descubierto nada nuevo. Desgraciadamente, el siglo XX nos ha dejado una gran lista de regímenes totalitarios. Y en todos ellos, el dictador de turno, en su afán de erradicar cualquier ápice de oposición, se ha asegurado de desarmar a su población. Sin ánimo de explayarme con la multitud de ejemplos existentes, hay algunos que tienen su perversa gracia.

Como el caso de Fidel Castro. En su famoso discurso “armas ¿para qué?”, el Comandante se preguntaba para qué necesitaba el pueblo cubano armas. El razonamiento era impecable, al menos en apariencia: el pueblo, al fin, gobierna en la isla. Por tanto, ciudadano cubano, es absurdo que poseas armas. En el paraíso del pueblo ya se iba a encargar amado Fidel de la paz, seguridad, y de curar el cáncer dicho sea de paso. 

Retornando al ala fascista, se podría decir que Hitler copió su curioso concepto de seguridad de Mussolini. En 1931, dirigiéndose al Senado italiano, Il Duce se vanagloria de haber eliminado los que él llamaba “elementos de desorden y subversión”. Efectivamente, lo que Mussolini quería decir es que se había dado la orden categórica de confiscar el mayor número posible de armas de todo tipo y clase. Poco después incluso Mahatma Gandhi, que no se le puede tachar precisamente de violento, dejaría claro que

…de todas las fechorías cometidas por el imperio británico en la India, la historia verá la de privar a toda una nación de las armas como la peor.

Por desgracia, Gandhi no se equivocaba. Aunque la fechoría de desarmar al pueblo Indio fue fundamental en el colonialismo británico, aún así es frecuentemente obviada por los historiadores contemporáneos.

Con todos estos ejemplos, digo yo que se puede sacar alguna conclusión sobre el control de armas, pero créanme que se puede ser más contundente. Por ello, el final de este post está reservado (por méritos propios), al que probablemente fuera el mayor genocida de la historia de la Humanidad,  Mao Tse-Tung. El artífice de la Revolución Cultural china, que he de decir que nada tuvo de “revolución” y menos de cultural, diría una vez:

Todo buen comunista debería saber que el poder político crece en el cañón de un arma. El partido comunista debe controlar las armas

Y no, no se puede negar que se empleó a fondo. Controló las armas, y todo lo demás. Las aproximadamente 70 millones de personas muertas, ya sea por inanición o por un disparo en la nuca, lo atestiguan. Además, es preciso recalcar que todas estas muertes sucedieron en tiempos de “paz”, más que en ningún otro régimen del siglo XX. 

Si algo nos ha enseñado la Historia es que no hay motivo alguno para creer que los gobiernos sean instituciones benévolas. Puede que el lector discrepe y, pecando de ingenuidad, piense que las pesadillas orwellianas no pueden volver jamás en nuestros sólidos estados democráticos (permítanme seguir dudando hasta la muerte). Fueron cosa del siglo pasado, dirá. Sin embargo, ahí tenemos a Venezuela.

Esto solo ha sido la lección histórica del asunto.

Venezuela, 2016. La población está humillada, pero indefensa. Impotente, paralizada, al eterno borde de una guerra civil. Ah, y el ratio. El ratio de homicidios ya está por encima de 100. Y todo, como siempre, por amor.

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