Chomsky inhumano

Chomsky

Es harto común entre las filas socialistas recurrir a intelectuales de todos los campos de la Ciencia y la Cultura (excepto, claro está, de la Economía), a fin de poder reafirmarse en sus propios y pésimos análisis sociales. Así, el intelectual socialista suele ser un antropólogo, sociólogo, filósofo, actor o poeta que poco o nada sabe de ciencia económica ni de su evolución, pero que gracias a sus ideas económicas, sucedáneas baratas de las de papá Marx o tío Keynes, gozan de gran popularidad dentro de la familia socialista. Y entre todos ellos, hay uno que siempre destaca. Porque si hay un intelectual crítico con la Economíaese es por excelencia Noam Chomsky.

Como aperitivo a un largo artículo, comentar brevemente que en el nacimiento de este fenómeno, cuando tan de moda se estaba poniendo eso de preguntar a “intelectuales”, a Joseph Alois Schumpeter (que algo leído era) le preguntaron que qué opinaba de tal práctica, y este respondió mordazmente con una genialidad: el intelectual es “quien habla y escribe sobre temas ajenos a su competencia profesional”. Vaya.

Entrando en materia, el caso es que dicen del profesor Chomsky que es la élite de la Lingüística y yo me lo creo. A diferencia de otros, como ahora explicaré, no tengo ningún reparo en reconocer que de esta disciplina (entre otras muchas) no tengo la más remota idea, por lo que parece lógico fiarme a priori de los que dicen saber del asunto. Cuando uno tenga inquietudes sobre Lingüística, supongo que leerá a Chomsky.

Así como cuando uno está enfermo, va al médico, o cuando quiere construir una casa, habla con arquitectos, sería de esperar que cuando se traten temas económicos se pregunte, al menos, a un economista. Pero eso no. Eso no sucede. Saben, en un país en el que los graves problemas económicos se suelen analizar con entrevistas a Sabina, pudo ser peor. Fíjese que en América la autoridad actual es Meryl Streep. O Chomsky, siempre Chomsky.

No obstante, me gustaría dejar claro de antemano que no se está diciendo aquí que recurrir a un economista será sinónimo de éxito. De hecho, desgraciadamente, dado el estado de esta ciencia, probablemente salgas peor parado. Tan sólo se está afirmando que, por pura obviedad o cuestión de honestidad intelectual si prefieren llamarlo así, carece de absoluto sentido científico valorar la opinión de un ignorante en la materia en cuestión.

“No es un crimen ser un ignorante en ciencia económica, que es, después de todo, una disciplina especializada, además considerada por la mayor parte de la gente como una ciencia lamentable. Pero sí es totalmente irresponsable tener una opinión radical y vociferante en temas económicos mientras que se está en ese estado de ignorancia” – M. Rothbard.

Eso sí, quizás tenga que añadir que tampoco creo necesario exigir un título universitario oficial expedido por el gobierno de turno para poder hablar de dicha materia. En mi opinión, que tener un título sea altamente recomendable no lo hace en condición necesaria, al menos en las interdisciplinarias ciencias sociales. De hecho, “es probable que un hombre no sea un buen economista si no es más que eso” (J.S Mill). O también “nadie puede ser un gran economista si sólo es un economista, e incluso estoy tentado a añadir que el economista que sólo es economista puede probablemente llegar a convertirse en un estorbo si no en un verdadero peligro [para la Economía]” (F.A. Hayek).

Dicho esto, comencemos ya a desmontar aquí un poco la enésima delirante entrevista al profesor Chomsky que os adjuntaba al principio del post. El inicio es tan disparatado como siempre.

Tras definir en primer lugar el Socialismo a su conveniente y ambigua manera, el profesor nos afirma (algo común en su obra) que esta doctrina perdió su significado hace un siglo. Vaya, qué casualidad. Justo cuando su alumno más aventajado comenzó a aplicarlo por primera en la sociedad rusa cual picadora de carne humana.

Prosigue entonces Chomsky reconociendo que “los trabajadores tenían más derechos en Estados Unidos e Inglaterra que en Rusia” pero eso, como podrán suponer, a él no le supone un problema intelectual. Ya nos ha dicho que lo de Rusia no era socialismo, que era otra cosa. Una vez más en su larga carrera, hábilmente nos demuestra cómo a él nunca le ha supuesto un problema los hechos empíricos a la hora de testear su sublime ideología.

Justo después de este deshonesto despropósito, como era de esperar, se canta el Gordo. Contraataca el del MIT denunciando los “programas neoliberales” de los 80, ese capitalismo más inhumano basado en unos “supuestos bastante despiadados”. Cuales son estos, he de confesar que no los tengo muy claros.

La joya textual dice que “la idea misma de que debe haber una clase de personas que dan órdenes en virtud de la riqueza que poseen y otra ingente clase de personas que reciben órdenes y las acatan debido a que carecen de acceso a la riqueza y el poder es sencillamente inaceptable

Claro que si esto tiene que ver con el capitalismo de libre mercado, yo soy monja. Sólo un niño (y Chomsky a sus casi 90 años) sería capaz de confundir un contrato laboral voluntario con la esclavitud que describe aquí el lingüista. Sobre qué sucedió cuando se aniquiló la propiedad privada, sigue sin decir ni mu. Y sobre los impresionantes avances ocasionados por ese capitalismo inhumano de las últimas tres décadas, tampoco.

Sigamos, porque hay mucho más. Aunque parezca mentira, esta sólo era la primera respuesta.

En la segunda, saca a relucir otro clásico cliché marxista, la idea de que el capitalismo se destruiría sin el Estado Burgués. Tanto es así que habla de un “capitalismo de Estado” que protege al empresario. Aquí vuelve a haber varias contradicciones de primer nivel que refleja el cacao mental que sufre.

Porque si, por utilizar terminología marxista, toda la clase capitalista efectivamente tuviese el Poder Político, en todo caso ese Estado (necesario para su propia supervivencia según Chomsky) sería mínimo.

Si el Estado fuese realmente necesario para la existencia de los capitalistas y estos nos estuviesen gobernando, sería de esperar que no existiese, por ejemplo, el impuesto de sociedades. Por no mencionar toda la regulación laboral existente, desde el salario mínimo a las prestaciones por desempleo, todo esto son ejemplos de clarísimos tiros en el pie a la lógica de clase que los avariciosos capitalistas suprimirían nada más llegar al poder.

Y como todo esto sencillamente no sucede ni muchísimo menos, o una de dos, o resulta que los empresarios no nos gobiernan, o el Estado es otra cosa. Será otra cosa. Veamos.

Resulta que es absolutamente indiscutible que “el papel del gobierno es mayor que nunca. […] En términos de recaudación de impuestos y gasto gubernamental, el Estado nunca ha jugado un papel tan importante como lo ha hecho en las décadas recientes. Ninguna tendencia a la baja es evidente, al contrario de lo que a veces se dice” (Thomas Piketty, economista no precisamente liberal), por lo que, efectivamente, uno puede condenar el sistema actual, pero si hay ese “capitalismo de Estado” como dice Chomsky, por definición, beneficia en el mejor de los casos a unos pocos (repito, unos pocos) empresarios a costa del resto, gracias al Poder Político. No a toda “la clase”.

Por ello, no es de extrañar que en el plano teórico existe un importante porcentaje de economistas y politólogos liberales que hace tiempo que se han “rendido” y han dejado el Minarquismo por imposible, para afirmar ya que el Anarquismo de propiedad privada sería económicamente viable. La supresión total del Estado, vamos.

Independientemente de lo acertado de esta tesis pura, lo que está absolutamente claro es que nuestro hombre no entiende nada del proceso de mercado: el Estado, si acaso, ultramínimo. 

Perdonen, no puedo extenderme más hoy en este punto. No me había recuperado aún del golpe, cuando vino el siguiente.

Diciéndose lector de Smith, afirma que el escocés fue crítico con el libre comercio internacional en el sentido de ser contrario a los intereses de Inglaterra. Esta es una falsedad como una catedral, fácilmente desmontable por cualquier humilde estudiante del gran Adam. Si se quiere más detalles, contacten con el profesor Rodríguez Braun, auténtica autoridad en la obra smithiana.

Para acabar, que ya se me hace largo el post, me centraré en su sutil alabanza a Castro, ese dictador de manual al que este anarquista de salón tanto admira sin inmutarse. Por haber “liberado África“, dice. No nos dice más esta vez y, créanme, mejor así.

Es en la geopolítica donde mejor se revela lo farsante que siempre ha sido este “intelectual” que llegó a haber asegurado que las matanzas de Camboya (probablemente la mayor barbarie de la historia) eran mentiras de la propaganda capitalista.

Si le hubiésemos tirado de la lengua, se hubiese visto obligado a aclarar si para él, por ejemplo, la intervención militar de Cuba en Angola, que llevó a tres décadas de guerra civil en la que murieron más de un millón de personas, fue una liberación.

Del mismo modo, tendría que decirnos si, por ejemplo, la intervención militar en apoyo a Mengitsu, dictador de Etiopía, que supuso hambrunas programadas, millón y medio de muertos, varios millones de desplazados, dos devastadoras guerras y la ruina más absoluta ruina que un país pueda imaginar, también fue una liberación.

¿Liberación? De lo único que tendríamos que “liberarnos” es de estos intelectuales arrogantes, sedientos insaciables de fama social.

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