10 razones para NO abolir la esclavitud

Robert Higgs es de los historiadores vivos más geniales que conozco. Entre los que han dedicado su vida a comprender la dinámica del Estado, este profesor norteamericano  es probablemente el primer autor que haya que leer.

Dado que el Estado es una organización monopólica, dice Robert (y cualquier politólogo), es de esperar que  como tal tienda constantemente a expandir su Poder a lo largo y ancho de un determinado territorio. Pero eso había que comprobarlo. Así,  este señor ha estudiado los trucos y formas con los que los Estados evolucionan, tejiendo y legitimando sutilmente su red de Poder en la sociedad civil. Sus obras son una delicia para el lector, pero hoy os traduzco libremente uno de sus texto-resumen más brillantes, donde reflexiona hábilmente sobre, aparentemente, otro tema: cómo evolucionó la justificación moral de esclavitud a lo largo del tiempo. ¿porqué lo hace? Lean hasta el final.

Por mi parte, me he permitido el lujo de ir anotando aportes propios debidamente diferenciados, una costumbre muy medieval a la que me estoy aficionando. Empecemos.

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10 razones para NO abolir la esclavitud

[artículo original aquí]

La esclavitud ha existido durante miles de años, en toda clase de sociedades y en todas partes del mundo. El hecho de imaginar la sociedad humana sin esclavos requería un esfuerzo extraordinario y, sin embargo, de vez en cuando surgían excéntricos oponiéndose a la existencia de los mismos. La mayoría de estos abolicionistas sencillamente afirmaban que la esclavitud era una monstruosidad moral y que, por lo tanto, la gente debería deshacerse de tal horrenda institución.

Tales posturas frecuentemente provocaban reacciones que iban desde la carcajada limpia hasta el duro desprecio, e incluso a veces la censura violenta. Eso sí, con el tiempo, surgieron distintos argumentos éticos buscando defenderla. Aquí expongo las diez defensas de la esclavitud con las que me he encontrado a lo largo de mis estudios sobre este asunto.

1. La esclavitud es natural.

Las personas somos diferentes, por lo que debemos esperar que aquellos que son superiores en algún modo (por ejemplo, en inteligencia, moralidad, conocimiento, destreza tecnológica o capacidad de lucha) se hagan dueños de aquellos que son inferiores en estos aspectos.

Abraham Lincoln expresó esta idea en uno de sus famosos debates de 1858 con el senador Stephen Douglas: “Hay una diferencia física entre las razas blancas y negras que creo que prohíben para siempre las dos razas que viven juntas en términos de igualdad social y política . Y puesto que no pueden vivir así, mientras permanezcan juntos, debe haber una posición de superior e inferior, y yo, tanto como cualquier otro hombre, estoy a favor de tener la posición superior asignada a la raza blanca “.

[ Este cuerpo de ideas basado en que las innegables diferencias biológicas entre seres humanos deben reflejarse en distintos derechos políticos es una barbaridad muy del siglo XIX, de la que aprendimos casi definitivamente tras la Segunda Guerra Mundial.

Irónicamente, la negación del horror nazi supuso caer en un error de corte soviético: partiendo ahora de esa igualdad política que tanto costó obtener, se hacen leyes que no aceptan que de las innegables diferencias biológicas de partida (entre otras de corte cultural que puedan haber) lógicamente tenderán a reflejar diferentes resultados sociales. Que hombres y mujeres seamos parcialmente distintos, o que dentro de un mismo grupo de hombres o de mujeres haya diferencias notables, de la misma manera que hay diferencias entre jóvenes y ancianos, sudamericanos y eslavos…etc es suficiente para esperar desigualdad de comportamientos, desigualdad de decisiones, y desigualdad de resultados.

Pero esta sana desigualdad natural que nace de la diversidad humana está mal vista y se busca corregir confusamente en nombre de la “igualdad”. De este error, de negar que “existe una gran diferencia entre tratar a todos por igual e intentar hacer a todos iguales” (F. A. Hayek.) germina hoy en día el error de la socialdemocracia en todos sus aspectos. ]

2. La esclavitud siempre ha existido.

Esta justificación ejemplifica la falacia lógica argumentum ad antiquitatem (el argumento a la antigüedad o la tradición). A pesar de ser una falacia, a menudo persuadió a la gente, especialmente a los de tendencia conservadora. (…)

[Parece obvio que tanto la apelación a la tradición como la apelación a la novedad no pueden ser de por sí argumentos válidos para defender nada. No está de más recordarlo]

3. Toda sociedad necesita la esclavitud.

En toda sociedad tiene que haber esclavos porque ciertos tipos de trabajo son tan difíciles o degradantes que ninguna persona libre los haría, y por lo tanto, a menos que tengamos esclavos para hacer estos trabajos, estos no se harían.

[Hoy en día sabemos que esto es sencillamente falso. En condiciones de libertad, cualquier trabajo que esté socialmente necesitado, por desagradable que al consumidor le pueda parecer, será cubierto por alguien que estará dispuesto a realizarlo por un oportuno precio de mercado. Ya sea gracias a las diferencias biológicas que comentaba en el punto uno u otras de tipo cultural, el libre mercado tiende a garantizar el suministro de todo tipo de trabajos]

4. Los esclavos no son capaces de cuidar de sí mismos.

Esta idea fue popular en los Estados Unidos a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX. Personas como George Washington o Thomas Jefferson consideraban la esclavitud como moralmente reprensible pero seguían manteniendo esclavos de los que obtener servicios personales de ellos. La idea es que sería cruel dejar libres a personas que, en el mejor de los casos, caerían en la miseria y el sufrimiento.

[Aunque a algunos está idea les parezca una barbaridad, en realidad está muy viva hoy en día, reflejada en el sistema público de pensiones. Así, uno de los argumentos principales (que no único) por los que no se confía en un sistema privado de pensiones es que se arguye que sin la intervención del Estado en los sueldos, el contribuyente no prevería adecuadamente su propia jubilación]

5. Sin amos, los esclavos morirán.

Esta idea es la anterior empujada a su extremo. Incluso después de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos en 1865, muchas personas siguieron expresando esta idea. Los periodistas del norte que viajaban en el sur inmediatamente después de la guerra aseguraban que, de hecho, los negros estaban en proceso de extinción debido a su alta tasa de mortalidad, baja natalidad y miserable condición económica.

Triste pero cierto, dijeron algunos observadores, los libertos eran realmente demasiado incompetentes, perezosos o inmorales para comportarse de manera consistente con su propia supervivencia de grupo.

[ Otro ejemplo actual de esta idea puede verse en la legislación antidroga, según la cual en una sociedad libre el individuo libre sería incompetente para discernir qué le conviene tomar y qué no.  ]

6. Cuando la gente común es libre, están peor que los esclavos.

Este argumento llegó a ser popular en el sur en las décadas antes de la guerra entre los estados. Su principal exponente fue el escritor proscrito George Fitzhugh, cuyos títulos de libros hablan por sí mismos: Sociología para el Sur, o el Fracaso de la Sociedad Libre (1854) y Caníbal todos!, o Esclavos Sin Maestros (1857). Fitzhugh parece haber tomado muchas de sus ideas del escritor reaccionario y racista escocés Thomas Carlyle (…). Fitzhugh, fiel a sus teorías sociológicas, quería extender la esclavitud en los Estados Unidos a los blancos de la clase trabajadora, por su propio bien.

[ Vaya, me acabo de acordar de otro ejemplo más que hemos visto hace poco aquí: los impuestos a las bebidas azucaradas “por nuestro bien” ]

7. Deshacerse de la esclavitud ocasionaría grandes derramamientos de sangre y otros males.

En los Estados Unidos muchas personas asumieron que los esclavistas nunca permitirían la terminación del sistema esclavo sin una lucha total para preservarlo. (…) Evidentemente pasaron por alto que, excepto en Haití, la esclavitud fue abolida en todas partes en el Hemisferio Occidental sin violencia a gran escala.

8. Sin esclavitud, los antiguos esclavos causarían el caos: robarían, violarían y matarían.

Por consiguiente, se deduce que la preservación del orden social excluye la abolición de la esclavitud. Los sureños vivían en el temor de los levantamientos de esclavos. Los habitantes del norte de mediados del siglo XIX consideraban que la situación en su propia región ya era suficientemente intolerable debido a la afluencia masiva de irlandeses borrachos y peleadores al país en las décadas de 1840 y 1850. Lanzar a los negros libres, a quienes los irlandeses generalmente no les gustaba, en la mezcla, casi garantizaría el caos social.

[Al final, toda defensa de la esclavitud se resumía en un sucedáneo de la idea hobbesiana, según la cual se asume que sin patrón, la peligrosa libertad desencadenaría (nunca mejor dicho) el desastre. Con esta idea, siglos antes había nacido la ciencia política moderna como legitimación del Estado]

9. Tratar de librarse de la esclavitud es absurdamente utópico e irracional

Sólo un soñador de cabeza borrosa haría avanzar tal propuesta absurda. Las personas serias no pueden permitirse el lujo de perder el tiempo pensando en ideas tan inverosímiles.

[siempre me ha encantado esta foto de esta mujer que parece que se permitió el lujo de pensar qué le va a suceder por sentarse en el lado del bus que no debía]

10. Privar de libertad a cambio de seguridad.

Un plan mucho mejor es mantener a los esclavos suficientemente bien alimentados, vestidos, alojados y de vez en cuando entretenidos para sacar sus mentes de su explotación animándoles a centrarse en la mejor vida que les espera en el más allá. No podemos esperar justicia en esta vida, pero todos nosotros, incluidos los esclavos, podemos aspirar a una vida de tranquilidad y alegría en el Paraíso.

[La versión aconfesional del asunto está reflejada en la cita Dwight D. Eisenhower “si quieres seguridad total, ve a la cárcel. No tendrás que preocuparte por la alimentación, la vestimenta, la atención médica… Sólo te faltará la libertad.” ]

Un infinito número de personas consideraron que una o más de las razones anteriores eran motivos justificados para oponerse a la abolición de la esclavitud. Sin embargo, en retrospectiva, nos parece claro que estas razones parecen lamentables, más bien racionalizaciones de lo injustificable que razonamientos sólidos.

Hoy en día estas razones o muy similares son utilizadas por los opositores a una forma diferente de abolicionismo: la propuesta de que el gobierno tal y como lo conocemos (un grupo armado que exige obediencia y pago de impuestos) sea abolido.

Dejo esto tan sólo como un mero ejercicio intelectual, para que el lector pueda cuestionarse hasta qué punto las razones que se expusieron en su día fueron más convincentes en este sentido de lo que se refiere a la propuesta actual de la abolición del Estado.

– Robert Higgs

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