Un regalo por Sant Jordi

Qué mejor que Sant Jordi como excusa para regalaros un libro. Hoy me quedaré con las ganas de comentar un par de ideas interesantes sobre el “PP liberal”, o sobre esa Marcha por la Ciencia Soviética que tuvo lugar ayer por la tarde. Otro día será.

Al grano. Me he cuidado de seleccionar uno cortito y clásico. Cortito para que lo léais, clásico para que no venga el gobierno con su Ley de Propiedad Intelectual (sic) a amargarme la vida. Aquí lo tenéis.

LA IDEA SOCIOLÓGICA DEL ESTADO

A la idea original y puramente sociológica de Estado, he añadido la fase económica, y el producto final lo he formulado de la manera siguiente:

¿Qué es, entonces, el Estado entendido como un concepto sociológico? El Estado, enteramente en su génesis, esencialmente y casi completamente desde su existencia, es una institución social conformada por un grupo de hombres victoriosos sobre un grupo de hombres derrotados con el único fin de regular el dominio del grupo victorioso sobre los vencidos y salvaguardarse de las revueltas internas y los ataques externos. Teleológicamente, dicho dominio no tuvo ningún otro propósito que la explotación económica de los vencidos por parte de los vencedores.

Ningún Estado primitivo conocido hasta nuestros días se ha originado de otra forma. En cualquier otra tradición confiable donde se haya dado lo contrario, o bien se entiende la amalgamación de dos Estados primitivos plenamente desarrollados en un organismo de organización más compleja, o bien se trata de una adaptación al ser humano de la fábula de la oveja que nombró al oso rey con el objetivo de que la protegiese contra el lobo. Sin embargo, incluso en el último de los casos citados, la forma y el contenido del Estado era precisamente la misma que en aquellos Estados donde nada había intervenido y que se convirtieron, inmediatamente, en «Estados de lobos».

Los pocos conocimientos históricos aprendidos en nuestros días de colegio bastan para corroborar esta doctrina genérica. Por todas partes vemos alguna tribu belicosa de salvajes asaltando las fronteras de cualquier otra tribu menos violenta, estableciéndose en los territorios como nobleza y fundando sus Estados. En Mesopotamia, las olas se siguen unas a otras; los Estados también —babilonios, amoritas, partos, mongoles, seldshuks, tártaros y turcos—; a orillas del Nilo, hicsos, nubios, persas, griegos, romanos, árabes y turcos; en Grecia, los Estados dóricos son un buen ejemplo; en Italia, romanos, ostrogodos, lombardos, francos y germanos; en España, los cartaginenses, visigodos y árabes; en la Galia, romanos, francos, burgundios y normandos; en Bretaña, sajones y normandos. En la India, la sangre derramada en los enfrentamientos acaecidos entre clanes belicosos ha llegado incluso a las islas del océano Índico. Y la situación se repite en China. Por su parte, también en las colonias europeas se da el mismo caso, como, por ejemplo, en México y Sudamérica. Allá donde este elemento no se repite, y donde solo se han encontrado grupos de cazadores nómadas, que quizás sean exterminados pero nunca dominados, los conquistadores recurren a la importación de enormes grupos de hombres procedentes de terrenos lejanos para ser explotados y sometidos de manera perpetua a trabajos forzados, naciendo así el comercio de esclavos.

Una excepción aparente solo se encuentra en aquellas colonias europeas en las que se prohíbe reemplazar el déficit de población nativa por la importación de esclavos. Una de estas colonias, los Estados Unidos de América, se encuentra dentro de las más poderosas formaciones de Estados de toda la Historia. La excepción en que se halla se explica de la siguiente manera: los grupos de hombres que habrían de explotarse y ser sometidos a trabajos forzados sin descanso se importan por sí mismos, mediante la emigración masiva desde Estados primitivos o desde Estados con más elevados estándares de desarrollo en los que la explotación se ha vuelto intolerable y se ha alcanzado la libertad de libre movimiento. En este caso, podríamos hablar de una infección llegada desde el exterior con «aires de Estado» traída por otros grupos ya infectados. No obstante, donde sea que en estas colonias la inmigración está limitada, sea bien debido a las excesivas distancias y los costosos gastos que supone dejar el hogar, o bien por la existencia de normativas que limitan la inmigración, percibimos una aproximación hacia la gestación de un Estado, algo que reconocemos como resultado preciso y final, pero para lo que aún no hemos encontrado terminología científica.

También aquí, en el desarrollo dialéctico, cualquier cambio en la cantidad está relacionado con un cambio en la calidad. La forma se ha llenado de un nuevo contenido. Seguimos concibiendo un «Estado» en tanto en cuanto representa una figura reglamentaria firme, apuntalada mediante fuerzas externas, las cuales también aseguran la convivencia social de inmensas masas de hombres, pero que ya no es el «Estado» según su antiguo sentido. Ya no es el instrumento de dominación política y explotación económica de un grupo social sobre otro; en definitiva, ya no es el «Estado de clases». Más bien se asemeja a una condición que parece haber emergido a partir de un «contrato social». Este es el escenario que se dio en las colonias australianas, exceptuando la de Queensland, que tras el sistema feudal continua explotando a los semiesclavizados kanakas. Es solo en Nueva Zelanda donde podríamos decir que casi se ha alcanzado.

Por ahora, puesto que no se ha logrado un consenso general sobre el origen y la esencia de los Estados conocidos a lo largo de la Historia ni sobre el significado sociológico del término «Estado», resultaría inútil intentar dar un nuevo nombre a estas denominadas mancomunidades políticas. Seguirán llamándose «Estados» pese a las protestas, especialmente por el placer que se siente al utilizar terminología confusa. No obstante, a efectos de este estudio, proponemos emplear un nuevo concepto, un nuevo avance verbal, el cual ha de catalogar el resultado del nuevo proceso como «ciudadanía de hombres libres».

Este escueto estudio sobre los Estados del pasado y del presente debería, en la medida de lo posible, reemplazarse por un estudio de los indicios por otra parte ya demostrados mediante el estudio racial y de aquellos Estados que no se contemplan en nuestra erróneamente denominada «Historia Universal». Llegados a este punto, ha de aceptarse con seguridad que, también aquí, nuestro planteamiento general es válido sin excepciones. En todas partes, ya sea en el archipiélago malayo o en el «gran laboratorio sociológico de África», en todo espacio donde el desarrollo de las tribus ha culminado de una forma más avanzada, el Estado ha surgido a partir de la dominación de un grupo de hombres sobre otro. Su básica justificación, su raison d’être, ha sido la explotación económica de los dominados.

En consecuencia, el presente estudio puede servir como prueba de la premisa elemental que en él se desarrolla. El explorador al que, antes que a ningún otro, le debemos el haber comenzado esta línea de investigación, es el Profesor Ludwig Gumplowicz de Graz, jurista y sociólogo, quien a una valiente vida puso de colofón una muerte valientemente escogida. Dicho esto, en líneas generales, podemos adentrarnos y recorrer, junto a la más lastimosa humanidad, el rumbo que el Estado ha venido siguiendo en su proceso de desarrollo desde que apareciera por primera vez. A continuación, nos proponemos hacer un seguimiento desde el Estado primitivo fundado en la conquista hasta alcanzar una «ciudadanía de hombres libres»

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