Spooner, deja de hacerte preguntas

Cuando vienen días malos para escribir, saben mis lectores que toca tirar de clásicos. Y qué hay más clásico en este blog que un post sobre los fundamentos de la Democracia. Hoy es un día de esos, y el clásico en cuestión es ese señor barbudo de mi derecha, Lysander Spooner.

Este tipo era demasiado inteligente. 70 páginas le bastaron para desmontar la absurda idea de Hobbes, Rousseau, Locke, Rawls o Buchanan, por la cual las constituciones son “pactos sociales”.

Aquí os dejo un extracto memorable. Espero que os abra el apetito, porque el libro es magistral.
* * *
II. 
“…Si se dice que el consentimiento de la parte más fuerte, en una nación, es todo lo que se necesita para justificar el establecimiento de un gobierno que ha de tener autoridad sobre la parte más débil, se puede responder que los gobiernos más despóticos se han basado en ese mismo principio, a saber: el consentimiento de la parte más fuerte. Estos gobiernos se forman simplemente por el consentimiento o acuerdo de la parte más fuerte, de que actuarán en concierto para subyugar a su dominio a la parte más débil. Y el despotismo, y la tiranía, y la injusticia de estos gobiernos consisten en ese mismo hecho. O por lo menos ese es el primer paso hacia su tiranía; un paso preliminar necesario para todas las opresiones que han de seguirse.

Si se dice que el consentimiento de la parte más numerosa, en una nación, es suficiente para justificar el establecimiento de su poder sobre la parte menos numerosa, se puede responder:

Primero, que dos hombres no tienen más derecho natural de ejercer ningún tipo de autoridad sobre uno, que uno tiene para ejercer la misma autoridad sobre dos. Los derechos naturales de un hombre son los suyos propios, contra todo el mundo; y cualquier infracción de ellos es igualmente un crimen, sea cometida por un hombre, o por millones; sea cometido por un hombre, que se llame a sí mismo ladrón, o por millones, que se llamen a sí mismos gobierno.

Segundo, sería absurdo que la parte más numerosa hablara de establecer un gobierno sobre la parte menos numerosa, a menos que la primera fuera también la más fuerte; ya que no ha de suponerse que la parte más fuerte se sometería alguna vez al gobierno de de la parte más débil, simplemente porque la última fuera más numerosa. Y de hecho, tal vez jamás los gobiernos son establecidos por la parte más numerosa. Usualmente, si no siempre, son establecidos por la parte menos numerosa; al consistir su fuerza superior en su riqueza, e inteligencia, y habilidad superior para actuar en concierto.

Tercero, nuestra Constitución no afirma haber sido establecida simplemente por la mayoría; sino por “el pueblo”; tanto la mayoría como la minoría.

Cuarto, si nuestros padres, en 1776, hubieran reconocido el principio de que una mayoría tiene el derecho de gobernar a la minoría, no hubiéramos debido constituirnos en un país; ya que ellos eran una minoría pequeña, en comparación con aquellos que reclamaban el derecho de gobernarlos.

Quinto, las mayorías, como tales, no ofrecen garantías de justicia. Son de la misma naturaleza que las minorías. Tienen las mismas pasiones por la fama, el poder, y el dinero, que las minorías; y son responsables y propensos a ser igualmente – tal vez más que igualmente, por su mayor audacia – rapaces, tiránicos y vacíos de principios, si se les confía el poder. No existe mayor razón, entonces, por la cual un hombre deba sostener, o someterse a, el gobierno de una mayoría, que al de una minoría. Las mayorías y las minorías no pueden legítimamente ser tomadas en cuenta en absoluto al decidir sobre cuestiones de justicia. Y toda discusión sobre ellas, en materias de gobierno, es mera absurdidad. Los hombres son idiotas al unirse para sostener cualquier gobierno, o cualquier ley, excepto aquella en la cual todos ellos estén de acuerdo. Y nada más que la fuerza y el fraude compelen a los hombres a sostener a cualquier otro gobierno o ley. Decir que las mayorías, como tales, tienen el derecho de gobernar a las minorías, es igual a decir que las minorías no tienen, ni deben tener, derecho alguno, excepto aquel que las mayorías les permitan.

Sexto, no es improbable que muchos o la mayor parte de los peores gobiernos – aunque establecidos por la fuerza, y por pocos, en primer lugar – pasan a ser sostenidos, con el paso del tiempo, por una mayoría. Pero si es así, esta mayoría está compuesta, en gran parte, de los más ignorantes, supersticiosos, tímidos, dependientes, serviles y corruptos del pueblo; de aquellos que han sido abrumados por el poder, la inteligencia, la riqueza y la arrogancia; de aquellos que han sido engañados por los fraudes; y de aquellos que han sido corrompidos por las incitaciones, de aquellos que realmente constituyen el gobierno.

Tales mayorías, muy probablemente, podría encontrarse en la mitad, tal vez nueve décimos, de todos los países del mundo. ¿Qué es lo que prueban? Nada más que la tiranía y la corrupción de los mismos gobiernos que han reducido a porciones tan grandes del pueblo a su actual ignorancia, obsecuencia, degradación y corrupción; una ignorancia, obsecuencia, degradación y corrupción que es ilustrada en el simple hecho de que en verdad sostienen gobiernos que los han oprimido, degradado y corrompido así. No hacen nada para probar que los gobiernos son en sí legítimos; o que deben ser sostenidos, o siquiera soportados, por aquellos que entienden su verdadera naturaleza. El mero hecho, por lo tanto, de que un gobierno pueda ser sostenido por una mayoría, no prueba nada que necesite ser probado, de forma a saber si un gobierno debe ser sostenido, o no.

Séptimo, el principio de que la mayoría tiene el derecho a gobernar a la minoría, prácticamente convierte a todo gobierno en un mero concurso entre dos grupos de hombres, sobre cuál de ellos debe ser amo, y cuál debe ser esclavo; un concurso, que puede, en la naturaleza de las cosas, jamás ser finalmente terminado, mientras un hombre se resista a ser esclavo. ”

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