La persona del tranvía

Cuenta el chiste que en una película norteamericana, el guionista había propuesto en un primer momento que el hombre blanco matase al hombre negro. Sin embargo, el productor entendió que la escena podría verse como una muestra del racismo más recalcitrante, al perpetuar esa lógica opresora imperante en nuestra sociedad por la cual el hombre negro tendría que ser asesinado sólo por eso, por ser el negro. Por lo que se propuso un sutil cambio: sería el hombre negro el que matase al blanco. Tampoco valió. Y es que vino el director, muy agudo él, afirmando que sin duda esa podría ser también una escena racista. Él temía que el hombre negro pudiese ser visto como un violento por naturaleza. Claro, como es negro. La conclusión parecía clara. Mejor no debería haber ninguna persona negra en la película, no vaya a ser. Entonces llegó el día del estreno y saltó igualmente la polémica que tanto buscaron evitar. ¡No había negros en la película! Qué poco representativo (“inclusivo”) de la sociedad.

Hace unos días, una antropóloga de reconocido prestigio me recordó este chiste sin quererlo. Se indignaba por haberse llamado a cierto artefacto explosivo “La Madre de todas las Bombas”. Con un razonamiento que parecía impecable, afirmaba que la maternidad es fuente de vida, no de destrucción. Ergo machismo cultural en vena, eso, y sólo eso, era lo que desprendían los medios.

En su interpretación poco importó que un Little Boy o un Fat Man hubiesen calcinado a más de 200.000 personas en Hiroshima y Nagasaki. Siguiendo las reglas de su Lógica, habría que admitir que son hombres, flacos o gordos, los que representan la violencia más asesina de nuestra época.

Es la obsesión del género. Son sólo dos ejemplos al tuntún, entre miles. El último, el que enlazo en el anterior link. Intentos desesperados de reinterpretar y juzgar subjetivamente cualquier ápice de Realidad, presente o histórica, bajo una óptica única, ya sea esta el color de piel, el género en este último caso, la sexualidad o lo que uno considere oportuno, en función de lo que se desee “probar”.

Lejos de ser esta una actitud científica, no estamos más que ante un sucedáneo del virus marxista que en su día quiso dividir el mundo entre empresarios explotadores y proletarios explotados.

Por fortuna para nosotros, las revoluciones culturales marxistas no son lo que eran. Antes iban a golpe de fusil, ahora son una mezcla heterogénea de movimientos pseudoacadémicos que se superponen entre sí y que en realidad sólo buscan engancharse el presupuesto público para vivir de por vida del dinero ajeno.

Siendo su nueva moral la única aceptable, desean legislar para evitar todo lo que vaya en contra de ella, con prohibiciones, altas sanciones e incluso cárcel. Son la versión gramsciana de la antigua Iglesia Católica. Son los nuevos curas.

No en vano el Socialismo estaba llamado a ser “la religión que debe abrumar al cristianismo. En el nuevo orden, el socialismo triunfará por la primera captura de la cultura a través de la infiltración de las escuelas, universidades, iglesias y medios de comunicación mediante la transformación de la conciencia de la sociedad” (A. Gramsci).

Pero por desgracia para ellos, uno puede puede ignorar la Realidad, pero no puede ignorar los efectos de la misma. Pagaremos un alto coste social, y tras miles de conflictos absurdos después y cientos de pobres insensatos que tras “descubrir” que eran pecadores serán crucificados, desde la profunda frustración quiero creer que algún día nos daremos cuenta de la sarta de gilipolleces moralistas que nos están pretendiendo revestir como Ciencia.

Quizás ese día nos dejemos a todos en paz.

Mientras tanto, pobre chaval. Y chavala.

Diane tenía razón, el mundo está cambiando (…) Incluso los hombres y las mujeres están cambiando. Dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, sólo gilipollas”

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