Los robots de Bill Gates

Ya se comentó en otro lugar la penitencia que arrastran aquellos que de Economía algo saben. Dado el merecido descrédito que sufren los que se hacen llamar académicos de esta rama, esos pocos a los que habría que escuchar atentamente tienen que acostumbrarse a que venga un filósofo, un físico o Pepe el del bar a impartir cátedra sobre sus competencias sin inmutarse. No fue un Pepe esta vez, sino un informático millonario de nombre y renombre, el que propuso la siguiente genialidad. Bill Gates quiere que Terminator pague impuestos.

Su razonamiento no fue más que un derivado de una falacia ya anteriormente expuesta en este mismo blog. Esa que decía que las máquinas destruyen empleo, por lo que habría que ir frenando su construcción. Que lo del progreso se ha sobrevalorado.

Empíricamente falso y teóricamente falso también, Bill, que tonto no es pero esta vez está (muy) equivocado, no hizo más que extender la lógica del argumento al sistema fiscal: “dado que los robots reemplazarán a muchos trabajadores, la única forma de compensar la pérdida en ingresos fiscales, digo yo, será gravar a los robots directamente.” Algo así dijo.

Y como extraños compañeros de cama hace la ignorancia, ya se sabe, un socialista francés cogió al vuelo esta propuesta proveniente de uno de los capitalistas más grandes de todos los tiempos y la incluyó en su programa electoral. Por lo que cerrándose el círculo, para mí ya es sólo cuestión de tiempo que se intente gravar a los pobres robots.

Digo intentar, porque siendo estrictos para empezar no podrán. Los robos no pagarán impuestos ni nunca lo harán: lo harán las personas propietarias de los mismos. Si la semana pasada vimos cómo el Estado te camuflaba un impuestazo bajo el pretexto de que estás ahorrando para tu futuro, el impuesto a los robots es sin duda una mentira más sotisficada. Por un momento te hace creer que el impuesto lo pagarán las máquinas. No tú.

Esto es otra muy mala idea.

Poniéndonos clásicos, sabemos que todo empresario comienza utilizando tres factores de producción. A saber, factor Tierra (recursos naturales, materias primas), factor Trabajo (empleos) y factor Capital (máquinas). Mezclando estas tres cosas, el empresario lanzará un producto al mercado.

Dado que el vecino, empresario también, también lanzará su producto, habrá un incentivo inevitable a ser eficiente, es decir, a diseñar nuevos planes de producción que sean más baratos y mejores que los de la competencia. Hay muchas maneras de batir a la competencia, pero una de ellas, la más común, suele ser comprando y diseñando máquinas nuevas que sustituyan a trabajadores. Se produce más, mejor y más barato. Se vende más.

Este fenómeno se llama, precisamente, capitalización de la economía. Sustituir trabajadores por bienes de capital, esta es la historia del Capitalismo desde que al pobre de Barthélemy Thimonnier le incendiaron su empresa de fabricación de prendas de vestir con máquina de coser de un sólo hilo de aguja curvada, allá por 1831, porque los sastres franceses vieron peligrar su trabajo y se la destrozaron.

Un impuesto a los robots es un impuesto al capital. Es un ataque directo al corazón del progreso económico justo cuando más necesitamos una nueva revolución industrial.

No deja de tener su gracia que entre los que no se enteran de qué va la película esté el hombre que jubiló a las máquinas de escribir. En vez de ponerles un impuesto, las empresas deberían gozar de exenciones fiscales para instalar robots.

Pero no lo haremos. No lo haremos y luego nos quejaremos de que no invertimos en I+D+I. Porque así de geniales somos.

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