El antisistema

Una de las batallas ideológicas más elementales que se disputan entre las élites políticas de cualquier Estado está en torno a lo que hoy comúnmente llamamos antisistema. Un palabro que hoy en día, en las actuales Democracias modernas, se utiliza con cierta frecuencia para automáticamente desprestigiar a aquellas ideas que amenacen el status quo establecido por las urnas. En España, este viejo debate reapareció en 2014, cuando se fundó un partido morado harto conocido por todos.

En un primer momento, el profesor Iglesias hizo un esfuerzo muy grande para intentar cambiar la connotación peyorativa que este término arrastraba (lo mismo había sucedido en Italia y en otros muchos lugares. Incluso recientemente he leído que los seguidores del ya ex-candidato demócrata Bernie Sanders amagan con autodenominarse antisistemas). Ninguno de ellos lo consiguieron.

Al fin y al cabo y en primer lugar, tradicionalmente el pueblo venía identificando al antisistema con el anarquismo de izquierda, es decir, con esos chicos que se tapan la cara cuando hay reuniones del G8, para enfrentarse con la policía, quemar contenedores y destrozar comercios.

Era y es una asociación lógica. El anarquismo de izquierda es violento casi por definición: el anarquista de izquierda es ideológicamente una persona que suele creer (no todas las corrientes) en la llamada “propaganda de hecho”,  es decir, el uso de la violencia como un arma política. Una forma de expresión política más. Como anécdota, en este sentido me gusta recordar que una de las primeras revistas anarquistas (la Freiheit, finales s.XIX), era precisamente conocida por presentar artículos sobre las virtudes de la dinamita e instrucciones sobre cómo producir nitroglicerina. Unos angelitos.

Frente a este inocultable pasado histórico, Iglesias quiso en ese primer momento limitarse a decir que ellos eran el pueblo frente a la “casta” PP-PSOE, una revolución democrática frente a un anticuado sistema tardofranquista. Y lo quiso llamar, también, antisistema.

Siendo justos y acudiendo a la RAE, el concepto nunca implicó necesariamente algo despectivo. Optando por una interpretación bastante amplia, el que “se opone al sistema político o económico establecido” puede ser efectivamente un terrorista, pero también puede ser usted o, quién sabe, también puedo ser yo. Desde Voltaire a Gandhi, pasando por Marx, Mussolini o Bin Laden, todos podrían catalogarse como antisistemas.

Así pues, si bien el mensaje del profesor triunfó especialmente entre la gente joven (¡algunos!), no consiguió que su nueva interpretación calase del todo, teniendo poco después que rectificar hacia otro término más suave y tradicional: “cambio”.

Es más, su posterior auge hizo que cambiasen las tornas completamente y, en unos de esos giros de la política tan maravillosos, Iglesias pasa ahora a pretender erigirse como un defensor del sistema (entiéndase, Estado del Bienestar) frente a políticos corruptos que amenazan con destruirlo. Una definición esta, valoraciones políticas a parte, mucho más justa para alguien que reclama el fin de “los recortes”, más impuestos, más gasto público y cosas por el estilo etc.etc.

De todas formas, esto sólo ha sido la introducción a la verdadera reflexión de este post. A Pablo lo he utilizado otra vez como excusa para preguntarme cómo es posible que alguien piense que un político profesional sea antisistema.

Miren.

En Ciencia Política, hablar de “político antisistema” es prácticamente siempre un oxímoron. Desde la perspectiva científica (repito), la actual clase política democrática conforman precisamente el grupo o casta dominante (como diría Iglesias) que ha establecido su consecuente dominio de un Estado.

Y sabiendo desde principios del s.XX que teleológicamente el dominio del Estado no tiene otro propósito sino el de la “explotación económica de los derrotados por los victoriosos”, por muy democrático que nuestro Estado sea, debería ser meridianamente obvio que ni Iglesias, ni Errejón, pero ni tampoco Rivera o Rajoy son ni serán nunca antisistema. Ellos (y todos aquellos que están por venir) son el grupo, ellos son los gobernantes, ellos son el sistema.

Y como grupo que son (sigamos hablando de Política), la cuestión principal para ellos es, ante todo, consolidarse, mantener su dominio. Precisamente por eso hablaba al principio de “batalla ideológica”.

Hablando en cristiano, convencer “a la plebe” de que son ellos los que deben detentar el Poder es la única estrategia factible que tienen a largo plazo (visto de otro modo, estar todo el día con el ejército en la calle nunca ha resultado ser una estrategia victoriosa). Ellos son pocos (ni un 1% de la población) y nosotros somos muchos.

Como siempre, aquí está la clave, en las Ideas.

Por ello no es en absoluto casualidad que todos los Estados —algunos más ampliamente que otros, pero todos los estados en un grado considerable— se hayan hecho cargo del sistema de educación. Palabrería política a parte, la realidad es que los actuales modelos de escolaridad obligatoria le da al Estado una ventaja tremenda en la competencia entre las diferentes ideologías divergentes que la gente pudiese desarrollar.

No se engañen. Para los políticos es primordial que, ya sea directamente nacionalizando la Educación, o indirectamente controlando dichas instituciones (haciendo que su operación privada dependa de la concesión de una licencia del Estado), se aseguren que los niños se desarrollen en un marco predefinido y con unas directrices establecidas por los gobernantes.

Efectivamente, este es un post antisistema. Qué digo. Este es un blog antisistema 🙂

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